Guatemala,
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Banco de Guatemala

 

Guatemala, 4 de septiembre de 2000

 

Doctor
Estuardo Zapeta
Siglo Veintiuno
Ciudad

Estimado Estuardo:

Tengo el agrado de dirigirme a Usted para referirme a sus recientes comentarios sobre los resultados de la política monetaria aplicada durante el presente año, enviarle algunas informaciones sobre el desarrollo de esta política y expresarle mis opiniones.

Me pareció original, pero injusta, sobre la base de las explicaciones que incluyo en esta nota, la idea de aplicar al suscrito una razonable cuota de Ley Maya, a razón de un chicotazo por cada quetzal de pérdidas operativas del Banco de Guatemala, contenida en su artículo publicado en Siglo Veintiuno el 29 de agosto del corriente año.

Quisiera comenzar por admitir que en el ambiente de incertidumbre y desconfianza generado por las políticas fiscal y monetaria practicadas durante el período 1997-1999, con graves repercusiones en el funcionamiento de la economía, que aún persisten, se expresa actualmente una especie de clamor por alcanzar mayores niveles de actividad económica para revertir el doloroso proceso de quiebras y reducción de oportunidades de empleo, implícitas en la desaceleración o estancamiento experimentado por la economía nacional a partir de los vaivenes que se introdujeron en la política económica gubernamental desde agosto de 1998, especialmente porque estos vaivenes se aplicaron después de buscar durante 18 meses, desde inicios de 1997, el estímulo de la actividad económica mediante la práctica de políticas fiscales y monetarias de una laxitud casi irresponsable; y, peor aún, de practicar una política monetaria, a partir de agosto de 1998, caracterizada por su ambigüedad, en donde se liberó y retiró liquidez sin una orientación definida, al menos hasta septiembre de 1999.

Lamentablemente, nuestros conciudadanos olvidan rápidamente el pasado y mantienen una mentalidad propensa a creer en soluciones mágicas, imposibles de alcanzar en corto tiempo, y pierden rápidamente la paciencia; consecuentemente, expresan un clamor por el crecimiento y la generación de empleo que, a mi criterio, no puede ni debe ser respondido por la autoridad monetaria practicando los errores del pasado reciente; es decir, a través de la práctica de políticas monetarias laxas que pretendan estimular la actividad económica a través de la abundancia de dinero y crédito.

La práctica de una política monetaria activa, abandonada al inicio del segundo semestre de 1997 y retomada apenas en septiembre de 1999, resulta ser una condición indispensable para asegurar la estabilidad monetaria y evitar cuantiosas pérdidas a la economía en su conjunto y a la ciudadanía en general, como las que se produjeron durante 1998 y 1999. Aunque la pérdida del control monetario pudo haber significado resultados operativos (costos) menores para el Banco de Guatemala en 1998 y 1999, es evidente que dicha pérdida de la disciplina monetaria significó costos mucho mayores a la sociedad en su conjunto: cientos de proyectos fracasados, otros tantos cientos de empresas quebradas, miles de personas castigadas con la pérdida de sus ahorros, pérdida cuantiosa de puestos de trabajo, sorpresivas y peligrosas fluctuaciones de la liquidez del sistema financiero y deterioro de su solidez, reducción del crédito bancario al sector privado, agresivo crecimiento del déficit público y de la deuda pública interna, acelerada depreciación de la moneda nacional, fuga de capitales, pérdida de la credibilidad y confianza en el ámbito nacional e internacional, etcétera, que fueron, sin lugar a duda, consecuencia del desvío y del desorden financiero en que cayó el país como resultado del abandono de la política monetaria activa, combinado con la pérdida de la disciplina fiscal.

Tanto esa experiencia tan repetidamente vivida en nuestro país, como las experimentadas en muchas otras latitudes, muestran insistentemente que la solidez y dinamismo del crecimiento económico sólo puede ocurrir sostenidamente en condiciones macroeconómicas estables, las que dependen fundamentalmente del equilibrio fiscal, del control y disciplina monetaria y de la solidez del sistema financiero. Uno de los ejemplos contemporáneos más visibles lo constituye la economía de los Estados Unidos de América, en la que desde hace algunos años se ha eliminado el déficit fiscal, se practica una supervisión financiera firme y exigente; y, donde las autoridades monetarias mantienen una férrea disciplina monetaria aumentando las tasas de interés cuantas veces sea necesario para salir al paso de peligros inflacionarios y evitar procesos de crecimiento insostenible en el crédito y en la inversión productiva, lo que no ha sido un obstáculo sino, al contrario, una condición favorable al dinamismo de la economía.

A nadie escapa la difícil situación que vive la economía nacional desde 1998 a la fecha, la que es impropio atribuir solamente a las políticas aplicadas durante 1998 y 1999 o, más impropio aún, a las actuales. Al respecto, es relevante recordar que durante los últimos dos años se produjeron crisis financieras en países asiáticos y de América Latina, que ciertamente afectaron el comportamiento de la economía. Así mismo, para el año 2000 que corre, apenas se ha logrado superar la volatilidad de los precios financieros observados hasta enero e iniciar tímidamente la recuperación del crédito al sector privado a partir del mes de julio, a pesar de la agresiva y persistente baja de las tasas de interés aplicadas por la política monetaria que, para citar solamente el ejemplo de las operaciones de mercado abierto al plazo de 14 días, ha reducido sus posiciones desde una tasa de 26.50 por ciento en enero de 2000, hasta sólo ocho por ciento en agosto. Y es que a nadie deben escapar las difíciles y adversas condiciones que se han presentado en importantes áreas de nuestra economía. Internamente, los daños sufridos por las empresas como consecuencia de los procesos críticos del 98 y 99 debilitaron la economía empresarial y dificultan su recuperación, a la vez que reducen su capacidad de recibir financiamiento bancario dado el alto riesgo implícito, lo que redunda en un lento y azaroso otorgamiento de crédito por parte de los bancos. Externamente, primero, los precios del petróleo se han mantenido de enero hasta agosto del 2000 a cerca del doble del precio promedio del año anterior; y, segundo, los precios del café, cuyo comportamiento sigue siendo determinante en el rendimiento de la economía guatemalteca, registran persistentemente los niveles más bajos de la historia económica reciente, en tanto que el azúcar recuperó niveles de precio aceptables apenas en el mes de julio 2000. Lamentablemente, en la casi generalidad de las opiniones que se emiten sobre el bajo rendimiento de la economía nacional en el transcurso del año, no se consideran debidamente estos factores que, definitivamente, ejercen efectos muy determinantes en el comportamiento de nuestra economía, sobradamente conocidos y comprobados. Por el contrario, se carga de manera desproporcionada sobre la política macroeconómica, especialmente la monetaria, atribuyéndole responsabilidades que no le corresponden, sobre todo si se tiene en cuenta que, en cuanto a las atribuciones que al Banco Central sí le corresponden, es evidente el alcance de la estabilidad, en un ambiente caracterizado por la reducción de tasas de interés de las OMAS y por el aumento ordenado pero persistente de los niveles de liquidez del sistema financiero.

Admito, sin embargo, que en el marco de la confusión bastante generalizada sobre el papel que le corresponde jugar al banco central en Guatemala y en cualquier país capitalista, pareciera que las mal llamadas pérdidas del banco central, que prefiero llamar resultados operativos de la política monetaria, constituyen la razón de todos los males, y no lo que en verdad son: el necesario e ineludible costo de la estabilidad, al menos en el marco de una política fiscal que apenas inicia un proceso tendiente a reducir los altos déficit experimentados desde 1997 hasta la fecha. Al respecto, le reitero respetuosamente mi convencimiento de que el mejor y más valioso aporte que la autoridad monetaria puede servir al beneficio del país, es la certeza de que no se volverá a jugar con la liquidez del sistema financiero y de que no se cometerá de nuevo el error de pretender estimular el crecimiento económico a base de la abundancia de dinero. Eso es precisamente lo que la autoridad monetaria ha hecho desde febrero a la fecha, con evidente éxito en el alcance de sus propósitos.

Por lo anterior, y con el fin de contribuir a su mejor información sobre la política monetaria practicada actualmente, me permito enviarle algunos datos, gráficos y comentarios que muestran suficientemente, que los resultados operativos del Banco de Guatemala en procura de la estabilidad monetaria implican un costo que evidentemente vale la pena pagar para asegurar el restablecimiento de condiciones favorables al desarrollo de las actividades económicas de los ciudadanos.

Comparto la sana preocupación que está en el fondo de su artículo y en la respetable opinión de muchos otros columnistas y editorialistas, porque estoy convencido de que, si bien la estabilidad es una condición necesaria para asegurar el crecimiento económico, no es una condición suficiente para lograrlo.

En este contexto, la Junta Monetaria ha expresado y expresa incesantemente a las autoridades gubernamentales la conveniencia de mejorar la recaudación fiscal y de asegurar la reducción del déficit público, como condición indispensable para consolidar la estabilidad recién alcanzada y proveer condiciones sostenibles para el crecimiento económico y el desarrollo social.

Sería muy largo, estimado Estuardo, expresarle en esta nota todo cuanto yo quisiera para contribuir a una mejor comprensión sobre nuestros puntos de vista, y sobre las razones por las cuales personalmente estoy convencido de la oportunidad y conveniencia de las medidas adoptadas por la autoridad monetaria, desde febrero 2000 hasta ahora. Espero que la breve información que le remito en esta oportunidad contribuya a formar su respetable opinión sobre el acontecer en el campo de la política monetaria, cambiaria y crediticia a cargo de la Junta Monetaria que me honro en presidir.

Finalmente, me atrevo a plantearle la posibilidad de contar con algunos minutos de su tiempo para sostener una reunión de trabajo sobre estos temas, para lo cual tendría el gusto de recibirlo aquí en las oficinas del Banco de Guatemala o visitarlo en el día y lugar que Usted defina, para ofrecerle explicaciones más detalladas sobre este particular y recibir sus respetables opiniones, invitación que hago extensiva a otros miembros del Consejo Editorial o del equipo de redacción de Siglo Veintiuno.

Sin otro particular, me suscribo de Usted con las muestras de mi más alta consideración y estima.

 

 

Anexo: Acerca de la necesidad de realizar OMAs para lograr la estabilidad.

c.c.: Alvaro Castillo, Presidente Consejo Editorial Siglo Veintiuno.